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10/6/15

RELATO GANADOR



-          Tengo una idea. Bailemos un tango.
-          ¿Cómo? ¿Un tango? ¿Aquí? ¿Ahora?
-          Sí, un tango. Ya sabes… ese baile en el que dos personas se agarran y  se mueven…- ¿cuánto hace que no bailamos, Manuel?
Yo adivino el parpadeo
de las luces que a lo lejos
van marcando mi retorno.
-          Pero María….- la interrumpió, sorprendido, sin poder creer lo que estaba escuchando.
Sin embargo, se sentía dispuesto a entregarse a las voluntades de su mujer: por esta vez  no pensaría en nada más. Se olvidaría de que nunca se le dio muy bien eso de bailar, que  no sonaba  música alguna a su alrededor y que quizás alguien  les viera allí, lejos de cualquier pista de baile, comportándose como niños. Por esta vez se dejaría llevar y lo haría por su esposa, aunque en cualquier otra circunstancia le hubiera parecido una locura.
-          Vamos, Manuel, nada me apetecería más que…- no pudo terminar la frase. El brazo firme de su marido había culebreado ágil hasta su cintura. Con el dedo índice de la otra mano le estaba acariciando los labios invitándole a no decir nada más.
Son las mismas que alumbraron,
con sus pálidos reflejos
hondas horas de dolor.
-          Shhh- replicó Manuel silenciando cualquier palabra que pudiera interponerse ante sus intenciones; se acercó al oído de María, “su María” desde hacía cuarenta años y le susurró con infinito cariño- ¿Me concedería usted este baile?
Sin evitar sonrojarse, ella asintió sin romper aquel silencio mágico, dejando escapar una dulce sonrisa de satisfacción por debajo de la nariz.
Y aunque no quise el regreso,
siempre se vuelve
al primer amor.
Llevaban meses tan sumergidos en un agotador peregrinaje entre médicos y hospitales que les costó reconocer al uno el cuerpo del otro. Bastaron, sin embargo, apenas unas primeras notas de aquella melodía imaginaria para que las alegrías y penas compartidas y el profundo amor que les unía les llevaran a danzar como si fueran uno sólo en aquella habitación aséptica y gris de la planta de oncología.     
La quieta calle
donde el eco dijo:
“tuya es su vida, tuyo su querer”.
Cuando Susana fue a entrar en la 504 para los controles rutinarios previos a la intervención se encontró a la paciente abrazada a su marido.
Le había costado aprender a ver en esos momentos algo que no fuera el miedo haciéndose un  hueco en el que instalarse, una despedida a la que nadie quiere poner nombre. Y sin embargo, allí estaba, con el vello de punta, recostada en el marco de la puerta, testigo del espacio más pequeño y más grande entre dos personas, viendo cómo un  hilo de esperanza les unía para siempre. El cariño con el que aquel hombre agarraba a su mujer,  la calma que le transmitía ella con  su sonrisa y los ojos cerrados  le impedían entrar en la habitación.
Bajo el burlón mirar de las estrellas
que con indiferencia hoy me ven volver.
Antes de retroceder y dejarles unos minutos más a solas, empapándose el uno del otro, Susana pudo ver cómo desplegaban, como alas, los brazos. La mujer parecía erguirse por encima de la enfermedad  y el cansancio; empezaron a deslizarse con  profunda dulzura sobre el suelo, a un mismo tiempo, como siendo uno sólo. Un tango. 
Volver,
con la frente marchita, las nieves del tiempo
platearon  mi sien.
Cegada por la ilusión de poder hacer a dos personas un poco más felices, sacó el teléfono móvil del bolsillo de su bata blanca y estéril. Lo dejó a los pies de la cama, con la voz de Gardel  convertida en apenas un susurro.
Sentir que es un soplo la vida,
que veinte años no es nada,
que febril la mirada
errante en las sombra
te busca y te nombra.
Sin darse cuenta de la presencia de la buena samaritana, la pareja siguió bailando a expensas de la incredulidad de quienes caminaban  por el pasillo, olvidándose del desasosiego mezquino que les esperaba tras la puerta del quirófano.
María, descalza, dibujaba con su pie círculos aterciopelados; Manuel, sin separar la mejilla de la sien de su esposa, entrelazaba en ellos sus pasos  mientras dejaba  revolotear su ilusión, imaginando que era capaz de detener el tiempo.
Vivir, con el alma aferrada
a un dulce recuerdo,
que lloro otra vez.
En los compases de aquel tango improvisado se disipaba el día en el que, con dedos trémulos, María tropezaba con una pequeña desesperanza de dos centímetros.
Tengo miedo del encuentro
con el pasado que vuelve
a enfrentarse con mi vida.
Con cada paso se iban alejando de la absurda tumoración que, a pesar de robarle uno de sus turgentes pechos,  no había conseguido partir su feminidad en dos.
Manuel, que había visto deshojarse los rizos oscuros de su esposa, seguía  viendo en ella a una princesa y, sosteniéndola con delicada firmeza, se empapaba de las ganas de vivir que la caducidad de uno de sus pechos otoñales no había conseguido desvanecer.
Tengo miedo de las noches
que, pobladas de recuerdos,
encadenan mi soñar.
Para cuando Gardel terminara su tango, Manuel y María ya se habían prometido que todo saldría bien, que volverían a verse pronto, con las ilusiones intactas y un nuevo baile pendiente.
Pero el  viajero que huye,
tarde o temprano detiene su andar.
Susana no tardó en entrar de nuevo a la habitación. Recogió su teléfono, acompañó a la paciente a sentarse en la silla de ruedas y, mientras la llevaba al quirófano, se le ocurrió preguntarse si la vida no es acaso eso, un tango en el que sólo debemos dejarnos llevar…
Y aunque el olvido que todo destruye,
haya matado mi vieja ilusión,
guardo escondida una esperanza humilde,
que es toda la fortuna de mi corazón.


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