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11/6/13

VIAJEROS DE ITACA (3º CLASIFICADO) Autor: José Berrio Carrasco




Un haz de luz blanca cegadora, un aturdimiento consciente que niega la muerte cerebral pero ¿quién sabe qué es estar muerto? Siente crujir cada uno de sus huesos y vértebras, frío y paz, miedo, calma. Sus ojos luchan por enfocar y acierta a distinguir dos siluetas que aparecen sobre su cabeza. Una voz enjaulada, lejana, con vocablos incomprensibles, se introduce en sus oídos, mientras el corazón, lleno de pánico, palpita y agita su respiración angustiada por el miedo. Débil, sus entumecidos miembros son incapaces de presentar batalla.
–Se ha desmayado, ¿está bien?
–Sí, débil, y salvo una leve hipotermia y algo de deshidratación, está bien.
La embarcación sin rumbo, intenso olor acre de cuerpos hacinados, sudor y muerte, no puede apartar la mirada de los ojos inexpresivos del cadáver del joven que apoya la cabeza en la espalda de su compañero de viaje. Han tenido que agacharse y apagar el motor de su cayuco para evitar a la patrulla de la Guarda Costera que vigila las aguas, y ahora, a la deriva, meciéndose en un pozo negro, en manos del capricho y las mareas del Estrecho. Confía en la gente a la que ha pagado con su esclavitud en aquel campamento fronterizo, en el que firmó su particular pacto con el diablo. Aunque no tiene ni idea de navegación,  y nunca había visto el mar hasta aquella noche, sabe que navegar sin motor en esa embarcación tan frágil, con exceso de peso, no es una buena señal. Imagina que el mar contiene monstruos marinos que devorarán sus cuerpos, y una oscuridad infinita que les tragará sin compasión. Un escalofrío recorre su espalda, el gélido mar les envuelve, se retuerce en una profunda determinación, sobrevivir. Susurra el nombre de su hijo mientras solloza y se aprieta contra la encorvada espalda de su compañero. Un revuelo entre la tripulación indica que han divisado una playa a menos de una milla junto a unas luces de una pequeña población cercana, sin embargo, el oleaje se agita bruscamente, la embarcación se inclina. El piloto, trata de acercarse al motor fuera borda colocado en la popa, pisando y saltando cuerpos, los ojos inyectados y una mueca de pavor que le hace aun más abyecto.
Todo sucede muy rápido, un chasquido desgarrador, y cuerpos que salen despedidos. Un lacerante e hiriente frío siente al caer en el agua, y la opresión del pánico impide una respuesta, no podía hacer otra cosa que tragar aquella agua salada en medio del torrente espumoso en el que se encontraba, cerrando los ojos, braceó y pateó con todas sus fuerzas hasta sentir el aire de la brisa marina en su rostro, inhaló bruscamente el aire puro y tosió ante la acción salina del agua y la ausencia de oxígeno previa. La chaqueta del viejo chándal que vestía, se había llenado de aire y misteriosamente le estaba ayudando a flotar, meciéndose al compás de las olas, que chocando contra un muro de rocas, bramaban hasta encoger el alma del mismísimo diablo. Mientras seguía pateando para mantenerse a flote, pudo ver que algunos cuerpos ensangrentados eran flagelados por el mar y golpeados sin compasión contra las rocas por la sucesión del oleaje. La embarcación, empujada por la fuerte marejada y corrientes del implacable Estrecho de Gibraltar, había chocado contra piedras que parecían un túmulo en medio del mar.
Se acercó como pudo al cadáver que flotando boca abajo y mecido por el mar, se alejaba de aquél infierno en dirección a la costa. No lo dudó y se agarró a la ropa del cuerpo inerte, resbalando, y en su esfuerzo, propició que el cuerpo girase, reconociendo aquellos ojos marmóreos que antes no pudo dejar de mirar. Vomitó. Notó el calor de sus propias heces resbalando por sus muslos, al borde del desfallecimiento, aferró su vida a un hombre sin ella.
Aturdido, comprobaba que las luces en la costa se acercaban, aparecían y desparecían en un juego macabro que el mar se prestaba a jugar. Algo romo y áspero rozó su rostro, entumecido, sus manos se apoyaron en algo sólido, mientras que sus piernas sin capacidad de resistencia, se mecían al capricho del rompiente del oleaje en lo que parecía ser una playa de redondeadas piedras y basta arena. Frío. Debilidad. Sueño. Antes de abandonarse, pudo sentir las pisadas en la tosca arena y el haz de una pequeña luz que se dirigía hacia ellos, porque a su lado yacía el apagado e inerte cuerpo al que se había agarrado.
Volvió a despertar ante la misma luz blanca cegadora. Esta vez reconoció el lugar, estaba tumbado en una camilla de lo que parecía ser una consulta médica. Ya no tenía frío, estaba arropado con una manta de lana, y parpadeando rápidamente para hacerse a la luz, observó que tenía una vía de suero en el brazo. Estaba extenuado hasta lo indecible. Giró la cabeza y pudo ver a dos hombres de mediana edad, sentados uno frente a otro en una mesa, uno de ellos ataviado con una bata médica. Hablaban, y no entendía nada de lo que decían, mientras ellos seguían sin percatarse de su vuelta a la consciencia. Aunque intuía que hablaban de él, decidió no llamar su atención.
–Ya sé que te he podido meter en un problema, pero no podíamos dejarlo en aquella playa, nadie me ha visto recogerle, te lo prometo –hablaba el que estaba sentado frente al que parecía un médico.
–Joder, tenemos que hacer algo antes que se abra la consulta.
–He pensado en llevármelo a casa, ya que has dicho que no le pasa nada grave, pero por el momento necesitaré que vengas todos los días a comprobar su estado.
 –Vamos a ver, lo que estás proponiendo es una locura, te sigo diciendo que lo mejor es avisar a las autoridades, que le lleven a un hospital, y que luego se encarguen de él.
–Me niego, Manuel, me niego, ya te lo he contado, ¡tendrías que haber visto como incluso desmayado estaba agarrado al cuerpo del otro que estaba muerto!, no me imagino la odisea que ha debido pasar ese pobre diablo para llegar hasta aquí, para fracasar –replicó con vehemencia–. Además, joder, ya sabes cómo se está poniendo todo en este país, tú mismo lo compruebas todos los días, te han prohibido atender a cualquiera de estos pobres que vienen sin documentación, ¿y cómo hemos podido llegar a esto?
–Mira Ángel, yo no me lo cuestiono, hago lo que es mi obligación, y lo que es legal, no sé si justo – interrumpió el médico.
–No me vengas con esas mierdas, todavía recuerdo las historias que contaba tu padre, el tío Paco, ya sabes las que él pasó en Suiza en aquellos barracones llenos de españoles pasando miserias, y eso que él llegó después, y algo mejor pudo vivir que aquella panda de gallegos que fueron pioneros en aquella fábrica, y tanto le ayudaron. Frío, sueldos miserables, trabajos que en Suiza nadie quería hacer, iban como estos diablos, sin papeles, buscando un futuro mejor para los suyos, y en tu caso ha sido así, eres médico, te jubilarás en pocos años, con buen sueldo. Y recuerda que el dinero que enviaba desde allí, alimentaba a toda tu familia. Al igual que estos chicos, que aquí los utilizamos, usamos y abusamos, tu padre, no podía dejar el trabajo, ni podía llevaros allí con él, durante el Régimen se fueron firmando contratos de colaboración entre gobiernos, precisamente para evitar la reagrupación familiar, y porque a España le convenía la llegada de las divisas extranjeras, aun así, muchos suizos ayudaron a los españoles, y éstos, consiguieron poco a poco ser considerados ciudadanos normales, aprendieron las normas y costumbres del lugar. Manuel, dejando aparte la ideología política y quién narices gobierne en este país, el mundo lo hacemos los hombres, y las buenas obras están a veces por encima de la ley, que no siempre es justa, me niego a mirar a otro lado y a ser partícipe de esta farsa. En lo que pueda, quiero hacer de este mundo, no sé si algo más justo, pero sí más humano, es absurdo enrejar el mundo, que no es tuyo ni mío, y forzamos una parte del mundo a hacer viajes que no deberían existir.
 Miró a aquellos hombres que hablaban de forma apasionada, uno de ellos, mientras terminaba de hablar, se giró, cruzando sus miradas y provocando su silencio. Pudo ver compasión y verdad en sus ojos. Se dio la vuelta en la camilla y se arrebujó en la manta, para que ninguno pudiera ver las lágrimas rasgando su polvoriento rostro, por primera vez en muchos meses, se sentía a salvo. Sin darse cuenta, el sueño se apoderó de él,  y cerrando los ojos pronunció el nombre de su hijo.

3 comentarios:

  1. Rosi Serrano11/6/13 12:00

    Ufff, a veces queremos ponernos en el lugar de ellos cuando están a la deriva, nos acostumbramos a las noticias de las muertes violentas en pateras... pero como bien dices, deberíamos acordarnos más a menudo de cuando fuimos "nosotros" quien esperábamos, a quienes pronunciaban nuestro nombre.

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  2. Espeluznante, repleto de detalles que apenas podemos imaginar cuando vemos ese tipo de noticias cómodamente sentados ante nuestros televisores. Un hombre a la deriva, agarrado a la muerte, buscando una esperanza. Enhorabuena.

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  3. Anónimo19/6/13 4:35

    Esa metáfora de una búsqueda de vida a través de la muerte sucede todos los días a nuestro lado, siempre pensamos en emigrantes como gente honesta que busca una nueva oportunidad, pero el termino "inmigrante", degrada a la persona a un nivel inferior en el que prácticamente se nos hace transparente su existencia, hasta sospechosa y molesta. Gracias por vuestros comentarios. José Berrio.

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